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Amarás


Lecturas correspondientes al 23 de octubre
Domingo XXX del Tiempo Ordinario A

Primera Lectura: Éxodo 22, 20-26
Salmo: 18
Segunda Lectura: 1Tesalonicenses 1, 5-10

Evangelio: Mateo 22, 34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.

Nathan Stone sj

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Mateo 22:38-39

Con su fervor característico, la Santa Madre condenó el pragmatismo al final del siglo XIX. Pretendía defender a los sencillos atropellados por el mito del progreso. Fue en vísperas de dos guerras mundiales cuyos conflictos puntuales se enraizaban en la idea de que la humanidad tenía un destino utópico, solo alcanzable si se diera rienda suelta a la tecnología y el poder, en desmedro del derecho y la dignidad. Hitler tenía preparado campos de concentración para todos los que sobramos en este mundo, de acuerdo a sus estadísticas, y Stalin no estaba lejos de ahí.
Sin embargo, tenemos que reconocer que el pragmatismo en sí no era el problema. El glorioso futuro ideal de aquellos señores venía a precio de la sangre de todos los que ellos consideraban insignificantes. Su proyecto era narcisista, idolátrico y vanidoso. Lo proponían haciendo referencia al pragmatismo (mezclada con muchas otras cosas) sin entender el sólido principio que fundamenta esa línea de pensamiento.
En algún momento de mi formación universitaria, tuve la ocasión de leer las obras del señor John Dewey. El era pragmatista. Nunca he encontrado una consciencia ética tan profunda y convincente, fuera del mismo evangelio, quizás. Dewey era conocido como agnóstico. Posiblemente, por eso, las autoridades sospechaban de él. Sin embargo, su compromiso con el bien común podría compararse favorablemente con cualquier autor cristiano.
La Iglesia le tenía miedo. Desconfiaba de cualquier método que no se basaba en su propio magisterio. Antes del Concilio, se procedía así. Hoy mismo, la enseñanza aún se inclina para la moral platónica, que comienza con fundamentos abstractos y deduce a partir de ellos. No es el estilo de Jesús en el evangelio. Es una forma válida de proceder, pero no es la única.
Dewey era aristotélico. La base de su ética era fronesis, palabra griega que quiere decir, el sentido común; la cordura comúnmente reconocido por la gente buena y bien formada, sea cual sea su etnia, religión, condición o cultura. Se confirma en diálogo con otros. Contempla la dignidad del ser humano. Es un principio ecuménico, tolerante y confiado en la presencia de la chispa divina que anima toda la creación, y en especial, la consciencia humana.
El pragmatismo de Dewey es muy exigente, pues, se evalúan los resultados concretos de las obras que pretenden contribuir a ese bien común. El platonismo se complace en las buenas intenciones, sin medir las consecuencias. El método de Dewey se parece al examen cotidiano de San Ignacio de Loyola, que exige revisar lo acontecido (en la vida personal, pero especialmente, en la misión) para continuar con las estrategias que dan resultado, y para cambiar las que no.
Paulo Freire, gran educador brasilero, se inspiró en la obra de Dewey. San Alberto Hurtado, también. Dewey decía no conocer a Dios, sin embargo, por sus frutos, es evidente que Dios lo conocía a él. Nadie pide su canonización. Tampoco hay que insistir en su demonización.
Creo que, si nos atrevemos a evaluar el procedimiento ético de los cristianos, a través de la historia, tendremos que reconocer que hay algunos que amaron tanto a Dios que descubrieron, por él, el amor al prójimo. Por otro lado, también ha habido muchos que tanto amaron al prójimo, que terminaron amando, con todo el corazón y toda el alma, a Dios mismo. El católico ha de valorar todos los caminos que conllevan a un conocimiento auténtico del Dios del amor.

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