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Ocho días de encuentro

Testimonio de Lucía de Mattos (Comunidad Los Juncos), de su vivencia de 8 días de Ejercicios Espirituales en Floresta.

La mesa preparada

Una de las imágenes que se repiten mucho en el Evangelio es la del banquete: el encuentro con Dios que tiene una fiesta preparada, que invita a un banquete, a la mesa tendida… una imagen de hospitalidad, de acogida, de un Dios que estuvo preparando el encuentro con cariño y dedicación, prestando atención a los detalles.

Esto es una de las primeras cosas que se respiraban al llegar a los Ejercicios Espirituales: Dios nos tenía todo preparado. El lugar hermoso, el clima perfecto, la casa confortable, el equipo de intendencia que había previsto todos los detalles, la comida deliciosa, los espacios limpios, los puntos cuidadosamente preparados, la disponibilidad de los asesores, el cuidado del silencio por parte de los ejercitantes… cada persona que estuvo preparando estos Ejercicios y  cada uno de los que estaban ahí eran palabra de Dios, de un Dios dedicado que se pone al servicio, a disposición, a la escucha… que prepara el encuentro.

La mesa puesta, un banquete servido, una fiesta preparada para recibir a sus amigos. Eso era lo que nos esperaba para esos días. Con este recibimiento ¿cómo no disponer el corazón?

“La verdad los hará libres”

Los Ejercicios fueron un tiempo privilegiado para encontrarme con mi realidad. Mirarla junto con Dios, acercarme a conocer mi verdad. En ese sentido, esta experiencia me llevó a conocerme más a la luz de Dios, ver con gratitud tanto bien recibido, y también trabajar sobre mis dinámicas de oscuridad, de pecado, mis heridas… Y esta vez, más que otras, poder poner en manos de Dios esas realidades, identificar aquello que me ata, y de a poco entender cómo es eso de la “indiferencia ignaciana”; esa experiencia de profunda libertad que ayuda a ordenar los afectos únicamente al amor, al servicio, al reconocimiento de la dignidad de cada hermano, e ir deconstruyendo esas dinámicas afectivas que nos alejan de Dios y de los hermanos. Y hacer experiencia de que conocerse más profundamente y aceptar la propia verdad, con sus luces y sus sombras, ayuda en definitiva a ser un poco más maduro, un poco más libre, un poco más capaz de amar, por saberse infinitamente amado y abrazado.

Pasión y Resurrección

Algo hermoso de vivir los Ejercicios en Semana Santa es encontrar a Cristo en el camino de la Pascua, poder celebrar con toda la Iglesia los misterios centrales de la fe en ese clima privilegiado que da la oración.

Para mí, en mi trabajo y en mi servicio, es central encontrar la presencia de Dios que se encarna, y que se hace presente en los hermanos, especialmente en los que más sufren. La Pasión de Jesús está indisolublemente ligada a la de tantos hermanos. Las llagas de Jesús se unen a tantas heridas visibles e invisibles de los que más sufren en nuestro mundo, y en concreto los que encuentro en mi trabajo; su cruz es la de tantos que son condenados a un dolor que no merecen; su muerte fuera de la ciudad, se une a la agonía de tantos marginados.

El “siervo de Dios”, que no tiene forma ni figura, está presente hoy en tantos hermanos y hermanas que no tienen rostro para nadie, que pasan desapercibidos en sus muertes cotidianas; en sus vidas abandonadas, en su realidad deshumanizada, por lógicas que son pecados personales o estructurales.

Para mí la novedad de esta Semana Santa, que fue una gracia enorme, fue descubrir un Dios que no sólo sufre en el hermano, sino que también resucita en ellos. Pues tras contemplar la pasión, esta vez con más fuerza que otras veces, pude contemplar también la resurrección. Y la resurrección en todas esas personas en quienes las semillas del amor pueden más que las heridas causadas por los pecados propios o ajenos; en todos los que no se dejan vencer por el dolor, que logran aún sonreír, bailar, jugar, proyectarse, amar…  En los adolescentes y niños de los centros en los que trabajo que superan experiencias de dolor, en las madres y padres que aman y protegen a sus hijos superando las dificultades, en las mujeres que antes visitaba en la cárcel y ahora me encuentro en la calle, trabajando… La resurrección también se ha encarnado en nuestro mundo, en personas concretas que para mí tienen nombre y rostro.

Un aniversario regresando de Emaús

Una particularidad de esta experiencia de Ejercicios fue compartirla como matrimonio con Pablo. Una semana de compartir en silencio, de vernos rezar, de cruzarnos en el patio, de oírnos cantar en la liturgia… Es hermoso descubrir la profunda comunión que se puede dar en el silencio. Cruzar una mirada en el patio, y agradecer a Dios porque, en el brillo de la mirada del otro, se descubre que Dios está obrando, transformando, abrazando a la persona amada.

El domingo de Pascua, celebrando la resurrección, rompiendo el silencio de esos ocho días y compartiendo la experiencia, celebramos nuestro primer aniversario de casados. ¡Y fue una fiesta! Fiesta que nacía de nuestro interior, con tanto para compartir, tanto para contarnos de esos ocho días de silencio, de encuentro, de renovación.

Yo me imagino que la frase “¿acaso no ardía nuestro corazón?” que se dicen los discípulos de Emaús tras el encuentro con el Resucitado, es el resumen de una charla mucho más larga, llena de entusiasmo y alegría, que habrá durado todo el camino de regreso y se habrá prolongado en el relato a toda la comunidad. Nuestro regreso a casa fue un regreso también lleno de alegría, de resurrección, de contarnos cómo encontramos a Dios en esos días y alegrarnos de tanto bien recibido, de tanta resurrección descubierta, de tanto Dios vivido.

Debe ser a esto que se refería Jesús cuando dijo “tendrán una alegría que no se la quitará nadie”.

EE.EE2

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