CVXURUGUAY Comunidad de Vida Cristiana

Piedras de Tropiezo

Domingo 22 T.Ordinario

1a lectura: Jeremías 20:7-9

Salmo: 42
2a lectura: Romanos 12:1-2

Evangelio: Mateo 16:21-27

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

– ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

– Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

Entonces dijo a los discípulos:

– El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta

Homilías para compartir: Piedra de tropiezo

Nathan Stone sj

El 16 de noviembre de 1989, despertamos como siempre escuchando la Radio Cooperativa, asombrados por la noticia del asesinato de seis jesuitas en El Salvador. Fueron martirizados por su fidelidad al evangelio en un mundo violento y dividido. Creo que la última vez que habíamos sentido algo así tan fuerte fue en marzo de 1980, nuevamente de madrugada escuchando la radio, cuando llegó la noticia de la muerte de Monseñor Romero.

No fueron casos aislados en esos días. Religiosos y religiosas arriesgaban la vida por la misión. Muchos fueron detenidos y torturados. Laicos, también. Fue un tiempo de mártires y héroes, de gente valiente, comprometida con la causa, hasta la última consecuencia. Eran ejemplos que inspiraban, modelos de vida inmolada que arden en el corazón, marcando el camino de una generación. Nadie quiere morir asesinado, pero si ellos fueron capaces de dar la vida por el amor, la compasión y la solidaridad, entonces, nosotros, también.

En estos días, no es así. Hace poco, un religioso joven fue detenido por la policía por prestar auxilio a un inmigrante indocumentado. Su congregación lo censuró, por temor al escándalo. El mensaje es claro. Sacudida por escándalos internos, la Iglesia se ha replegado a la prudencia y el acomodo. Se obsesiona por su imagen pública. Hoy por hoy, la formalidad y el procedimiento son sus banderas institucionales. La cortesía ha tomado prioridad sobre el evangelio, como si pudiera pagar sus pecados con sonrisas diplomáticas y favores a los fuertes.

Pedro aconseja a Jesús que no vaya a Jerusalén, por lo que le pueda pasar; que evite el conflicto, que suavice el mensaje para salvar el pellejo. La Roca, buscando reconciliar intereses contrarias, se ha transformado en piedra de tropiezo. Jesús no le aguanta. El Reino de Dios es una propuesta del cien por ciento. La mediocridad no cabe en el programa.

Para llegar a los acuerdos, se sacrifican a los humildes. Para agradar a los poderosos, se traicionan a los enfermos, los marginados, los refugiados, los necesitados y los olvidados. Cuando se pacta con Poncio Pilatos, los leprosos y hambrientos sufren el daño colateral.

Si se tratara de comodidad y diplomacia, sería fácil convivir en este mundo. Si un cristiano pudiera simplemente adaptarse al contexto, tendría siempre la ropa apropiada, la palabra precisa y la sonrisa perfecta. Que conveniente sería poder aceptar sin cuestionar la moda del momento, la canción de todos, y bailar a su ritmo. Que cómodo cumplir con la expectativa, seguir la costumbre, nadar con la corriente y nunca en contra.

Pero Jesús se escandaliza. Es como seguir a Satanás, incluso, de buena fe, creyendo que es mejor, más conveniente, prudente o atinado. Pero, el sistema no se cambia por dentro. Si bailas con el demonio, él no cambia. Te cambia a ti.

Es Señor no sigue a Pedro; Pedro tiene que seguir a él. Cristo no sigue a la Iglesia; la Iglesia debe seguir a Cristo; directo a lo difícil para confrontar la maldad donde sea, sin medir el costo.

Si la Iglesia es fiel al evangelio, será aplastada por el mundo. Nos pondrán en la fila, detrás de Jesús, con una cruz al hombro. Vivir con esperanza tiene su precio. Quien pertenece al Reino de Dios, no puede dejar de sentir que algo falta en el reino de este mundo. Se paga la cuenta por pensar que todo podría ser como Dios quiera; compasivo, misericordioso y solidario. Pero, sin temor, pase lo que pase, porque Cristo no abandona.

njs.sj.amdg

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