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Setenta veces siete


Pedro se acercó con esta pregunta: Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces? Jesús le contestó: No te digo siete, sino setenta veces siete.  Mateo 18:21-22
La actual situación en el Sudán es desesperante.  Recientemente, fue dividido en dos países, norte y sur, árabe y africano, con el fin de acabar con la guerra civil que arrastra hace décadas.  Sin embargo, la guerra continúa.  Hay territorios africanos que quedaron aislados en el norte árabe; y hay riqueza mineral en sur que el norte quisiera controlar.  Además, hay años de violencia, odio y temor que no desaparecen con la firma de un acuerdo.
La injusticia lleva a la indignación y la indignación lleva al rencor.  El rencor puesto por obra se llama guerra.  La injusticia de siglos lleva a guerra milenaria.  Los pensadores vinculan la paz con la justicia, diciendo que una es precondición de la otra.  La teoría es buena.  El problema viene cuando no existe ni una ni la otra.  No se encuentra la fórmula para reiniciar el juego.  No hay manera de borrar el pasado y comenzar de nuevo como si no hubiera pasado nada.
La justicia en su acepción más primitiva se refiere a la distribución equitativa de los bienes y el trato digno entre unos y otros.  Cuando todos tienen lo que necesitan y se tratan bien, reina la paz, semilla santa del Reino proclamado por Jesús.

La historia muestra, sin embargo, una tendencia a la avaricia que deja a algunos hermanos en situación de carencia.  Cuando sucede eso, justicia comienza a significar la restitución, que se pague lo debido.  En su acepción primitiva, la justicia apuntaba a la armonía social.  Ahora, es justiciera.  Bajo el dominio de la justicia justiciera, el perdón es impensable, como injusto.
En las culturas colectivas, es cuestión de honor.  La parte dañada tiene la obligación de exigir el pago, o vengarse.  De lo contrario, su nombre queda manchado.  Queda en vergüenza, desvinculado para siempre.  Es un modelo vengativo, desde el cual se entiende la justicia divina como la venganza ilimitada del Todo-rencoroso contra los porfiados humanos.
En las culturas individualistas, no existe honor ni vergüenza, sino consciencia y culpa.  Se aplican mediante la ley y el castigo.  De aquí viene la noción errada de que la justicia de Dios es un castigo infinito.  La violencia de un pueblo contra otro se entiende como parte del plan divino, como castigo autorizado y moralmente imperativo.  Aun cuando se castigan a los inocentes.
La justicia del Padre de Jesús no es justiciera.  Es un llamado a compartir los dones de la creación y trata con dignidad igualitaria a los hermanos, para dar con la paz.  Cuando no da resultado, se restablece la paz mediante el perdón.  La justicia divina se alcanza cuando ninguno vive para sí, sino todos juntos para el Señor.  Su paz comienza en el bautismo, con una amnistía infinita.  No hay venganzas ni castigos, pues la justicia del Padre es su misericordia infinita.
Los discípulos han de entrenar mucho para poder absorber los golpes de la injusticia en su propia carne sin quejarse.  La Iglesia existe para amortiguar el rencor en el mundo, para que no se traspase de unos a otros.  En la cruz de Jesús, la violencia queda anulada.  La paz brota de un Cuerpo fuerte y, a veces, quebrantada por la injusticia.  No hay que vencer, sino resucitar.
Encomendemos a los pueblos diversos del Sudan, para que puedan olvidar las injusticias acumuladas, y así legar a sus hijos una paz que sus padres nunca conocieron.  Practiquemos la misma paz, en este aniversario del doloroso once de septiembre, perdonando setenta veces siete, porque así perdona nuestro Dios.

njs.sj.amdg

TO.24.2011.A.Setenta veces siete

Eclesiástico 27:30-28:7, Salmo 103; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35

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