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Un banquete


El paganismo no es propiamente una religión, sino un sistema de religiones diversas que funcionan bajo las mismas reglas. Sus dioses son proveedores de beneficios. Sus fieles son los consumidores. Deben cultivar el favor de los dioses, pagando por adelantado, para obtener los beneficios deseados. Se trata un contrato cósmico entre el mortal y su protector.

Los dioses paganos no pretenden ser buenos, ni justos, ni universales. No todos sirven para todas las cosas, sino que trabajan diferentes rubros. Los pescadores rinden homenaje al dios del mar, mientras sus señoras, que cultivan el huerto familiar, honran a la diosa de las cosechas. Los enamorados rinden culto a la diosa del amor, y los guerreros, al dios de los artes marciales.

Los dioses mismos son impetuosos. Por razones misteriosas, los mortales pueden perder el favor divino. Caen en desgracia sin saber porqué, pero muchas veces se trata de errores rituales inadvertidos. Existen los sacerdotes para intervenir en estos casos. A cambio de dinero, ellos ofrecen sacrificios de expiación para que los devotos puedan recuperar el status de cliente preferido con su divinidad de preferencia. Se trata de un sistema de favoritismo institucionalizado, igual que las grandes burocracias mundanas.

El otro día, en un bautismo de adultos, me llamó la atención el texto para el examen de los candidatos. Se les pide renunciar a Satanás y todas sus obras, especificando, entre ellas, la injusticia y el favoritismo. Todo bautizado ha renunciado el favoritismo como obra diabólica.

Me temo que muchos, a pesar de eso, entienden su cristianismo en claves paganos. Van a misa para cultivar el favor de Dios, para verse beneficiado por el gran proveedor celestial de bienes y servicios. Cumplen en el culto a cambio de salud, fama y éxito. Entienden el banquete del Reino no como la mesa grande donde todos caben, sino como una invitación exclusiva, la recompensa por sus rezos y devociones ejecutadas con exactitud y precisión.

Las veces que me ha tocado predicar en contra de esta actitud, me miran desde los asientos como si fuera un desquiciado, como si me quisieran decir, obvio que hemos venido para hacernos los favoritos de Dios. Encuentro al menos pagano, si no francamente supersticioso. Yo no tolero la beatería barata. Muchos creen que los curas están para fomentar la beatería, porque de eso viven. A mí, me mata. Es una opción religiosa para personas manipuladoras, para gente que pretende obligar al Señor a someterse a su mundana voluntad.

Hay otra versión del cristianismo que me parece en parte pagano, también. Supone un dios único pero arbitrario. Su dios sabe de antemano el eterno destino de todos. A cada uno, le ha predestinado a la salvación, o a la perdición. El favor divino no varía, como en el paganismo clásico, pero es igualmente arrebatado, despótico e injusto. Este dios ama y favorece a un grupo selecto por motivos que sólo él sabe. Y, odia a los demás. Sus favorecidos van a la iglesia para asegurarse de estar incluidos dentro del grupo selecto y para agradecer. Este dios regala éxito, belleza y poder a sus elegidos, pero abandona al resto. Si es así, ¿qué sentido tiene decir que Dios es amor? Si eso es lo que llaman amor, yo no quiero.

El único Dios que yo he conocido en mis peregrinaciones invita a un banquete abundante y gratuito. Convoca a los buenos y malos por igual. Perdona. No tiene favoritos. Lleva a verdes praderas. Si andas por quebradas oscura, no te abandona. Ésta es otra cosa.

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